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El espíritu del pionero del molino, Juan Perosio

La obra de Juan Perosio Parodi, natural de Sarissola Busalla genearca de los primeros Perosio en Uruguay

(Artículos en el diario “El Telégrafo” de Paysandú, Uruguay del día domingo 23 de abril de 1989).

 

La rueda que molía el agua.

“Ahora que el otoño va moliendo el tiempo”.

Hay como un sueño de paz y de recuerdos en aquel lugar.

Junto al arroyo San Francisco que allí traza su arco rodeando la colina donde quedan las ruinas del “Molino Quemado”.

Allí el hombre supo domar el agua potente, con el freno de piedra y por el camino de !a utilidad.

Aquel lugar y el nombre aquél quedó con signo de fuego marcado en e! habla popular. Por ese accidente, común en los molinos de aquella época, el sitio olvidó el nombre del bello arroyo en el que se recuesta. Y pasó a llamarse, con ese signo admirativo que encuadran el nombre y el epíteto: Molino Quemado! .

Y así el fuego superó al agua, el tizón brilló más qué el sol y la ebullición del trabajo cesó de golpe, hecha cenizas y silencio.

Era un bello lugar y sigue siendo magnífico paisaje. Ahora con ese tinte de paz y sosiego que pone el otoño, aunque no sea otoño. La diferencia radica en el silencio.

Todo un mundo de carretas

De aquella época, cargadas de granos, mansedumbre de bueyes y azuzar de silbidos y vocerío. Pausa y empuje hacia el Molino Perosio. Carretas con mulas empecinadas en subir la cuesta, y la flor de los labios carreteros en vidalitas mañaneras. Alguna caravana de carretas que llegaba cargada de trigo por el camino que venía de Esperanza. (Lindo nombre el de esa población, para un trabajo con raíces de tierra y aspiraciones de sueños!) Así, en grandes carretas pértigos quejumbrosos se transportaba la materia prima para la harina molida en aquel molino.

Junto al arroyo y en el remanso de la colina. Estratégicamente ubicado, porque era un corazón de trabajo. Conocido por su trabajo y calidad en todo el norte del Río Negro y sus adyacentes.

Y allí junto al abrazo del agua de San Francisco, que hoy contemplo silencioso, los aguardaba la ancha sonrisa de don Juan Perosio. Sonrisa gustosa como la harina y buena como el pan. El había sido el iniciador de todo este magnífico trabajo de la rueda que molía el agua para que creciera la harina en flor.

La fuerza hidráulica

Aquel Molino del Sacra, San Miguel, del que hablaremos en otra nota, fue el primer paso en el camino de la harina, que trazó el visionario Juan (Giovanni) Perosio.

El segundo gran paso, la culminación de su sueño, fue este Molino de San Francisco. En ambos molinos, el pulso fue el agua. El músculo, la rueda y el empuje estaban en el agua, venían de ella. Por eso aquellos molinos de harina tenían corazón de agua dulce.

Buscando el agua y el lugar adecuado, don Juan Perosio se estableció sobre el San Francisco a principios de 1870. Aquel establecimiento fue bautizado con el nombre de Molino de San Roque.

Para dominar el agua, construyó enormes paredes de piedra. Después...el agua se abrió camino otra vez y sobre la piedra crecieron plantas y recuerdos.

Se cuenta que don Juan buscó mucho el sitio adecuado, antes de trasladar su molino de San Miguel o del Sacra, a este nuevo establecimiento de San Francisco.

Buscó ante todo el agua. Para darle potencia la frenó con un enorme muro de piedras. Para dominarla la hizo recorrer una gran curva que él mismo cavó entre el monte. Así logró el agua potente, pero en remanso dominado.

Buscó, además, un lugar equidistante de la ciudad y del campo. La industria debía estar en el campo, cercano a los lugares donde se produce la materia prima. Pero conectado a la gran ciudad por donde se canalizaba el mercado. Un camino que fuera transitable para el acarreo en carretas, carretones y vehículos más livianos.Un sitio alto, en fin, que dominara el arroyo y la región circundante. Una loma de piedra o de dura tosca que soportara la pesada maquinaria y el ir y venir de vehículos, animales de tiro, construcciones y trabajos.

Y todo esto y aún más lo halló en el arroyo San Francisco, a la altura donde construyó su “Molino de San Roque”. Allí también halló la belleza!

La belleza práctica, para poder trabajar sin problemas viales. Donde el agua se recostara a la colina como mimosa. Tan mimosamente que logró atraparla y traerla, como con la caricia de la mano, para que hiciera andar la rueda del molino.

Y luego se desparramaba en fuerza motriz por las venas de aquella maquinaria, con rumor de remanso y sabor a pan. Pero también estaba el fuego!

El viejo oficio harinero

No importa mucho si el cereal fue antes que la vid o el vino antes que el pan. Ambos alimentos vitales nacieron del milagro de la necesidad humana que sublimó la gracia del don de Dios.

Sí, desde el primer paso del hombre sobre la tierra los cereales estuvieron en la puerta de su vida. En el umbral de la vida de don Juan Perosio también estuvo desde un primer momento, la fabricación de harina, alma del trigo.

Don Juan era experimentado harinero, de origen itálico. Había aprendido la lección del molino en el canturreo materno ribereño del Pó. Y en la dolida y fructífera tarea de su padre, labrador de tierras esquivas y molinero en el valle del río.

Trajo aquí su lección así mamada y su cariño por el molino. Aquí a estas tierras sanduceras donde tantos italianos trajeron tanto bien. Tierras que eran entonces anchas y profundas, para el trabajo y para el sueño... Tiempos en los que el hijo heredaba del padre labrador, un místico interés por el trabajo... y un arado!

Con un arado

Con su reja melodiosa, porque la madera la sacó de los montes cercanos, abrió sus primeros surcos. Sementeras de esperanza fructificada en el rubio milagro del trigo.Trabajo duro regado por el soleado sudor. Pero no sólo le permitió supervivir sino sopar y proyectar. Y crear.

Pudo así don Juan, fructificar su sueño molinero. Don Juan Perosio: especialista molinero. Maestro de molineros futuros. Desde su laborioso sitial del “Molino de San Roque”. Junto al San Francisco, donde, junto a él, se formaron otros molineros. Es una historia que seguiremos desarrollando. Mientras ahora contemplo esta quietud hermosa del “Molino Quemado”, el alma de aquel antiguo molino, que lava sus recuerdos junto al San Francisco.

Miguel Ángel Pías.

Los molinos quemados

De la misma “escuela de molineros”, el primer molino que ya dijimos se llamaba del Sacra, o San Miguel, salieron los grandes molineros sanduceros que cimentaron entre nosotros esta importante industria. Allí se formaron como operarios, entre otros, Juan Perosio, José Molinari y Cesar Fraschini.

Ellos aprendieron en la experiencia acumulada en tantos días de laborar el trigo y elaborar la harina. En los primeros tiempos, tiempos tan duros como las piedras de sus molinos. Tan duros y difíciles que casi todos los molinos harineros terminaron quemados. Por varias razones que terminaban en problemas insolubles. El uso del combustible madera-carbón que presuponía el peligro del fuego abierto.

Luego, el posterior cambio al uso del vapor, las construcciones en base a madera, la no disposición de elementos cercanos para combatir el fuego... Así y todo, Perosio fundó y trabajó intensamente en su molino de San Francisco, ya daremos más detalles. Pero, digámoslo desde ya, su molino terminó quemado. Y de ahí el nombre con que lo bautizó el pueblo. Pero no fue el único que murió del fuego. También en las calles Entre Ríos y Washington, don Francisco Gutiérrez Zorrilla creó su molino, que se llamó “Molino de Feo” y también “Molino de Santa Carmen”. También terminó quemado.

José Molinari fundó otro molino en las “afueras” de la ciudad, entonces: en la calle Treinta y Tres Orientales y Río Negro. Molino que también terminó quemado y que la gente bautizó con el nombre de “Molino del Misterio”, por otras razones que explicaremos en su momento.

Las ruinas de ambos molinos quedan hoy en nuestra ciudad y han sido utilizados como comercios, viviendas, carpinterías y hasta templos. Pero la gente no los llama con el mote de “molino quemado”. Arde Perosio sí, se le ha bautizado por antonomasia como: “El molino quemado

Los primeros tiempos del Molino de San Francisco, de don Juan Perosio, era de agua, hidráulico, como hemos señalado. Aprovechaba la corriente del arroyo. la desviaba, la amansaba, la subía y desde allí, domesticada, la lanzaba sobre la rueda que ponía en movimiento ejes y engranajes que realizaban la molienda.

En las ruinas del “Molino Quemado” de hoy, todavía se pueden encontrar, indeleblemente marcados, esos pasos que el hombre hacía recorrer al agua para fabricar la harina.

Un alto dique de piedra interceptaba el paso del arroyo. Tres contrafuertes y dos compuertas domesticaban el agua. Esta era elevada hasta un alto canal, ya sobre las construcciones de ladrillos y piedra del edificio, y desde allí, caía sobre la rueda de palas. Esta era la encargada de hacer girar ejes y maquinarias.

El agua “sobrante” era desviada luego por otro canal más pequeño que iba a engrosar otra vez el arroyo que continuaba cantando libre, por la pendiente. Y además alegre, por haber contribuido por un espacio de tiempo, a fabricar la materia prima nada menos que del pan del hombre.

En la primera exposición Agropecuaria realizada en Paysandú en el verano de 1880, don Juan Perosio presentó algunos de los productos allí elaborados. Y obtuvieron todos los primeros y segundos premios en él ramo, medallas de oro y plata. Fue un premio a orden empresario luchador y a sus operarios. Fue también un espaldarazo para seguir progresando.

Animado por esas circunstancias, y porque era optimista, Perosio amplió sus dependencias y proyectó actividades nuevas. Lo más importante significó el .cambio de maquinaria, de la primitiva y eficaz fuerza hidráulica a la nueva a vapor. Lógicamente que dependía también aquí del arroyo. Pero más indirectamente.

Molino Quemado
Publicación en el diario “El Telégrafo” de Paysandú del día domingo 23 de abril de 1989.
Gentileza del diario “El Telégrafo” de Paysandú, Uruguay.
 
Molino Quemado
 
Molino Quemado
 
Molino Quemado
 
Molino Quemado
 
Molino Quemado
 
Molino Quemado
 
Molino Quemado
 
Molino Quemado

Cuando brotó el fuego

Pero al poco tiempo, mientras Perosio trabajaba arduamente, entre ruidos de poleas y maquinarias, brotó una lengua de llama, el que alimentaba la gran caldera. Luego se fue estirando y en algunos minutos tomó los tirantes, los estantes, el maderamen y fue un incendio inapagable. Compartió su angustia con sus colaboradores: gritos y los intentos de querer apagarlos. Ni con el agua del arroyo amigo pudo hacer nada.

El fuego venció al agua y aquel lugar de trabajo y producción se convirtió en la realidad y leyenda de “El molino quemado”. Pero no venció al indomable italiano quien, a poco, fundó en el Camino de Las Palmas, un nuevo molino: el Molino de San Roque, donde también depositó todos sus afanes y conocimientos. Pero esa es otra historia. La de otro molino, el mismo hombre y la misma lucha. “Ojos que vieron aquello / vieron lo que nadie viera”,-dice el poeta Ferán Silva. Versos aplicables a esta situación que grabo indeleblemente el nombre de “Molino Quemado”.

Y no sólo los ojos de Don Juan y sus operarios. Él supo convertir su dolor y sufrimiento en nuevo camino para volver a empezar. Los ojos de piedra, las ventanitas altas del viejo edificio del molino que ahora nos contempla desorbitados en el tiempo. Aún quedan las cabezas de los tirantes de la techumbre, clavados en la piedra, ennegrecidos, pero que no han caído porque los abraza la piedra que está por todas partes.

Ellos pagaron el tributo de fuego y son como los antiguos siervos de la gleba, que murieron trabajando. Hoy, el “Molino Quemado” es un bello lugar que el hombre ha guardado, como en un cofre de monte, colina y arroyo, para que las generaciones futuras puedan revivir un poco de aquél espíritu. Espíritu de empresa que no se doblega ante las peores circunstancias. Como el espíritu del pionero del molino, Juan Perosio.

El lugar es un puente melancólico entre el ayer y el hoy de ruedas y poleas molineras. Subjetivamente bello, objetivamente triste. El dolor está en esa rueda de palas que ya no golpea el agua. Su alegría está en ese arroyo que borbotea libre bajo sauces y entre las piedras. Y en la vida de los niños que trazan pequeñas represas en su cauce.

Ya el viejo muro es nada más que una barrera rota. Como las dependencias del molino, quebradas y quemadas, a pesar de las duras paredes pétreas de un metro de espesor. Testigos de un tiempo en el que, con su trabajo, el hombre, del barro creaba una flor. En la piedra florecía una rosa de chispas y del agua... bueno, del agua, creaba un himno fluyente de flor de harina y promesa segura de pan.

Miguel Ángel Pías
(escritor y poeta uruguayo).

Las fotografías del Molino Quemado son gentileza de Andrés Oberti
del diario “El Telégrafo” de Paysandú, Uruguay.

 

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